El desprecio también te ata al pasado

La herida que más bloquea el amor no es el enojo. Es el desprecio que inconscientemente bloquea.

Hay algo que observo con frecuencia en las mujeres que llegan a trabajar conmigo.

Han hecho terapia.

Han leído libros.

Han intentado comprender a sus padres.

Han trabajado su autoestima.

Y, sin embargo, siguen sintiéndose bloqueadas en sus relaciones, en su éxito o en su capacidad de recibir amor. Cuando profundizamos un poco más, aparece algo que suele estar escondido detrás del dolor:

El desprecio.

Desprecio hacia la madre.

Desprecio hacia el padre.

Desprecio hacia una ex pareja.

Desprecio hacia una misma.

Y aunque el desprecio suele parecer una forma de protección, en realidad nos mantiene atados a aquello que rechazamos.

Desde una mirada sistémica, no podemos tomar plenamente aquello que despreciamos.

No podemos recibir de una madre a la que miramos desde que “soy mejor que ella”. No podemos tomar la fuerza del padre si seguimos juzgándolo constantemente de lo que no hizo bien con nuestra madre (su pareja).

No podemos construir una relación sana mientras seguimos sosteniendo internamente una posición de superioridad moral hacia quien nos hirió.

Esto no significa justificar. No significa negar el dolor. No significa minimizar lo que ocurrió.

Significa reconocer que el desprecio nos mantiene vinculados al pasado tanto como la dependencia.

Alice Miller escribió: Lo que negamos en nuestra historia continúa influyendo en nuestra vida.

Y también observó que muchos adultos de niñ@s, para sobrevivir emocionalmente, han desarrollado mecanismos que les permiten protegerse del dolor.

A veces esos mecanismos se convierten en distancia emocional.

A veces en perfeccionismo.

Y muchas veces en desprecio.

Porque sentir desprecio puede parecer más seguro que sentir tristeza u impotencia. Más seguro que sentir la herida. Más seguro que reconocer cuánto necesitábamos amor.

Detrás del desprecio suele haber un dolor que aún no ha sido llorado.

Una decepción profunda.

Una necesidad que no fue satisfecha.

Un amor que no pudo fluir como el niño lo necesitaba.

Bert Hellinger observó que la reconciliación comienza cuando dejamos de mirar desde arriba. Porque cuando despreciamos, nos colocamos en una posición superior.

Y desde allí no puede haber encuentro. No puede haber movimiento ni paz.

La sanación no ocurre cuando cambiamos la historia.

Ocurre cuando dejamos de luchar contra ella.

Porque el desprecio endurece el corazón. Pero la (auto) compasión lo abre.

Ahora hazte la siguiente pregunta:

¿Hacia quién sigues sintiendo desprecio y qué dolor protege ese desprecio?

Si reconoces este patrón en tu vida, una constelación individual online puede ayudarte a descubrir qué dinámica familiar o relacional sigue sosteniendo esa distancia interior y abrir un nuevo movimiento hacia la reconciliación contigo misma y con tu historia.

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Foto: #ANDREHUNTER

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